Secretario de Movimientos Sociales del PSC
El autor expone las principales consecuencias que ha tenido el conflicto entre Israel y Palestina en ambas sociedades, y defiende la imperiosa necesidad de conseguir una paz justa.
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Del Magreb al Máshreq, el mundo árabe vive profundos cambios sociales y políticos. En algunos casos, estamos asistiendo al secuestro militar de los procesos revolucionarios. En otros, la represión y las masacres abren paso hacia una guerra civil. Aún en otros, la conclusión de una guerra no parece haber abierto un camino claro más que para las corporaciones petroleras: business as usual.
Sin embargo, los éxitos o fracasos –desde el punto de vista democrático– de los procesos abiertos durante el último año y medio, no pueden hacernos olvidar que los cambios sociales toman su tiempo, y que a veces las primeras expresiones de lo emergente no cuajan de forma inmediata. Lo que sí es seguro es que ha prendido entre amplias capas de la ciudadanía de esas regiones un deseo de libertad política y civil que será muy difícilmente soterrada por quienes se sentían más cómodos con los viejos equilibrios regionales y, aún más, con las viejas relaciones de poder.
En el complejo tablero geopolítico de Oriente Medio, en el cual las potencias occidentales y regionales están tratando de adaptarse a las convulsiones que lo sacuden, resulta engañosa la apariencia de estancamiento del conflicto entre Israel y Palestina.
El 29 de noviembre de 1947 la Asamblea General de la ONU aprobó la resolución 181, por la que se acordó la partición del territorio de Palestina, administrado entonces por el Reino Unido, en un Estado judío y uno palestino. Sobre lo que sucedió a continuación, la historiografía oficial de Israel debe contrastarse con lo que historiadores como Ilan Pappé han expuesto (cfr. La limpieza étnica de Palestina. Editorial Crítica. Barcelona, 2008).
Lo que interesa hoy destacar, no obstante, es que tras décadas de política de hechos consumados por parte de Israel, ante una actitud por parte de la comunidad internacional que va de la pasividad complaciente a una oposición puramente pro forma, el conflicto se ha desarrollado hasta un punto en el que la sociedad israelí se encuentra en un punto crítico, lo que ya no puede ser ocultado pese al denso y ominoso silencio que rodea al conflicto, especialmente a raíz de la grave situación que atraviesa Europa.
Desde la primera guerra árabe-israelí, la población de Israel ha vivido siempre en estado de tensión por la hostilidad de sus vecinos, así como por la resistencia tenaz del pueblo palestino. Esta tensión ha ido corroyendo los cimientos de la sociedad israelí. Atrapados en su propia narrativa, los sucesivos gobiernos de Israel han ido dejándose secuestrar por los sectores ultras, han permitido una enorme fragmentación interna, y han visto como iban acumulándose las tensiones sociales. Los sectores ultras –en lo político y en lo religioso– han ido envalentonándose a medida que la política israelí se escoraba hacia la derecha, con intentos de controlar las costumbres, de imponer progresivamente la segregación de género, y ciertamente con un aumento de la violencia social y política entre israelíes1. Por otro lado, las protestas de los indignados israelís, insólitas hasta el momento, que durante 2011 y 2012 han llenado las calles de las principales ciudades con reivindicaciones centradas en la cohesión y la justicia social, son una muestra de que algo está cambiando en la sociedad israelí. También hay indicios de hartazgo respecto al poder creciente de los sectores ultra-religiosos. Y, aunque minoritarios, existen en Israel movimientos contra la ocupación o por los Derechos Humanos como los Refuseniks, los Shministim, Gush Shalom, Paz Ahora, B'Tselem, Mujeres de Negro, Machsom Watch, el ICADH, la ACRI, o el AIC, por ejemplo, que luchan contracorriente.
Israel ha convertido a la población israelí de origen palestino en ciudadanos de segunda categoría2, y la lista de agravios en los territorios ocupados de Palestina es difícil de resumir: colonización –tan ilegal cuando Tel Aviv la promueve como cuando no la autoriza–, apropiación de los escasos y preciados recursos hídricos existentes, demolición de casas, destrucción de cultivos, división del territorio por carreteras exclusivas para colonos y militares, muros de hormigón y checkpoints, detenciones administrativas que se prorrogan indefinidamente, procesos sin garantías, asesinatos extrajudiciales, toques de queda, cierres de fronteras, progresiva apropiación de Jerusalén Este, y estrangulamiento de la economía, son quizá algunos de los destacados. Palestina sufre también por el fracaso de todos los procesos de negociación hasta el momento, que se han traducido en una pérdida de territorios y, con ella, de posibilidades de construir un Estado palestino viable3. Sin embargo Palestina se resiste a desaparecer y la ocupación está consumiendo a Israel en más de un sentido.
No es posible la paz si no es una paz justa. Hay que detener y revertir el proceso colonizador para una paz en la que se reconozca sin reservas el derecho de Israel a existir y el de su ciudadanía a vivir en paz y con seguridad, para una paz que permita la creación de un Estado palestino con continuidad territorial, con las fronteras de 1967, y con su capital en Jerusalén Este.
Puede parecer maximalista o naïf, pero los hechos consumados y la realpolitik han conducido a un atolladero que está destruyendo, aunque sea de forma distinta, tanto a la sociedad israelí como a la palestina. Ambas necesitan la paz, porque aunque algunos crean lo contrario, no están ganando. Es la hora de Palestina.
1-V.gr. “Colonos radicales atacan al Ejército israelí en Cisjordania”, El País, 13 de diciembre de 2011, sin que ello sea óbice para la general connivencia del Ejército con los colonos, o “El escritor israelí Zeev Sternhell resulta herido en un atentado”, La Vanguardia, 25 de septiembre de 2008.
2-Vid. “The state of Human Rights in Israel and the Occupied Palestinian Territories 2011”, Association for Civil Rights in Israel, 2011, consultable en http://www.acri.org.il/en/wp-content/uploads/2011/12/ACRI-State-of-Human-Rights-2011-ENG.pdf
3-En cuanto al alcance de la fragmentación del territorio palestino, resulta muy útil consultar el mapa de Cisjordania elaborado en 2008 por la organización israelí de defensa de los Derechos Humanos, B'Tselem, disponible en: http://www.btselem.org/download/separation_barrier_map_eng.pdf