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26.09.2010

La nueva política industrial para el siglo XXI

Jordi Ortega

Miembro del Grupo de Cambio Climático y Sostenibilidad de la Universidad Carlos III

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Análisis de la decisión de Siemens de renunciar a la energía nuclear, y la necesidad y ventajas de apostar de forma decidida por las energías renovables.

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Peter Löscher, presidente de SIEMENS, en una entrevista concedida al semanario Spiegel  declaraba que había dado carpetazo, “el capitulo nuclear, para nosotros, está cerrado”. La decisión es una respuesta inteligente y coherente con el “posicionamiento claro de la política y sociedad alemana para eliminar la energía nuclear tras Fukushima”.

SIEMENS se ha ido desprendiéndose de todas las relaciones con AREVA, y en marzo cancelaba su participación en consorcios conjunto. En caso de tener que romper obligaciones contractuales no le ha importando pagar indemnizaciones de 648 millones euros. No es la única decisión sonada. El 3 de marzo de 2009 firmaba un acuerdo con la empresa pública rusa Rosatom –un acuerdo de intenciones – para desarrollar centrales de agua a presión ligera (VVER), un negocio que afectaba a todo el ciclo de vida nuclear; otro suculento negocio que abandonó comprometida con la transición energética.

No es solo el triunfo de tres décadas de lucha contra la energía nuclear. Son políticas que obedecen a perspectivas mucho más amplias en la política industrial del país. Ulrich Beck, en un agudo artículo (El País, 5.4.2011) mostraba que quien está en cabeza  en contra de la energía nuclear es la propia industria nuclear.

Hicieron el ridículo –en julio de 2010 – las cuarenta personalidades –con corbata de seda- reclamando alargar la vida de las nucleares, y Angela Merkel por aceptar las presiones; con SIEMENS de gran ausente. Una boda boicoteada por los propios novios.

Siemens se limitará a suministrar componentes que también valen para otros tipos de centrales como por ejemplo las turbinas de vapor. No se trata de miedo a la nuclear, sino de astucia y olfato para anticipar oportunidades de los nuevos mercados. Supone una señal efectiva para aquellos países emergentes a los que todavía les pasaba por la cabeza disponer la tecnología nuclear.

Un artículo publicado en el Frankfurter Allgemeine Zeitung, titulado de modo provocativo “El error de la oruga” (Der Irrtum der Raupe –publicado en El País, 22.6.2011) mostraba cómo la oruga nuclear lamenta la pérdida de su capullo. Una crítica a Stewart Brandt calificaba el abandono alemán de la tecnológica nuclear de renuncia al concepto europeo de modernidad y progreso. Siempre quedan orugas que rechazan convertirse en una colorida mariposa. SIEMENS ve el futuro de renovables mariposas.

Quien haya  vivido en las últimas décadas del siglo XX recordará la identificación existente entre progreso económico y exaltación de la cultura del riesgo. Aún dominaba la utopía tecnológica. La tesis lapidaria, nunca mejor dicho, las grandes alternativas son hijas de las grandes catástrofes, suponía que la innovación tecnológica requiere de la didáctica ofrecida por los efectos colaterales del progreso. ¿Podemos llamar a eso progreso en el siglo XXI?

Curiosamente en el imperio del libre mercado, Estados Unidos, la energía nuclear es la primera industria sometida al socialismo estatal, al menos, en lo tocante a los riesgos, sometidos a la colectivización forzosa mientras que los beneficios son privados. Operamos con un concepto “zombi” de seguridad y control, que corresponde más al siglo XIX que al siglo XXI. Lo irracional no es abandonar la energía nuclear, sino ser inmune a la experiencia de Fukushima.

La socialdemocracia tiene una extraordinaria oportunidad para revisar su concepto de progreso. La tarea no es renunciar a la modernidad, sino darle un impulso rejuvenecedor. Hoy es temerario e irresponsable alentar el riesgo, en cambio, la cultura de la prevención o el principio de cautela están impulsando las tecnologías del siglo XXI.

El futuro de la energía, con cerca de nueve mil millones de habitantes, no se puede basar en la energía nuclear y los combustibles fósiles, sino en fuentes renovables y las espectaculares mejoras de la eficiencia energética. Los avances tecnológicos del siglo XX sólo beneficiaban a una minoría, a Occidente. La consciencia de la escasez de recursos, vulnerabilidad de los ecosistemas de los que depende la supervivencia de la humidad, etc., exigen abordar el desafiante cambio tecnológico y social.

Son retos que deben situarse en el corazón de las políticas socialdemócratas. Aún se identifica crecimiento económico y bienestar de la sociedad, aunque empieza a dejarse de usar la energía como indicador de prosperidad. No es la energía barata y abundante la que crea empleo. En el siglo XXI el empleo viene de la mano de las nuevas tecnologías de alta eficiencia, una revolución tecnológica que nos puede sacar de la actual financiera.

La solidaridad con el futuro, todo el capítulo de las políticas ambientales, no puede estar encajonado sino tiene que formar parte de la columna vertebral de todas las políticas. Es necesario elevarla a nivel de política industrial del siglo XXI. Michel Vassiliadis –miembro de la comisión ética que evaluó las centrales nucleares alemanas– reclamaba una política industrial sostenible, que vaya más allá del buen olfato para el negocio privado. Considera la nueva política industrial como una decisión política, profundamente democrática, que supone un amplio debate social, más allá de las fuerzas políticas, un reto que comporta profundas transformaciones sociales.

Ser progresista hoy no tiene nada que ver con la idea decimonónica de progreso dominante en el siglo XIX y XX. Hoy el progreso está más cerca  del principio de precaución frente a la ciencia y la técnica. Fukushima no ha modificado la percepción de los riesgos, como el 11 de setiembre modificó la percepción de los riesgos abiertos e indeterminados del terrorismo internacional.

John Carlin (en El País, 2.3.2011) calificaba la aversión al riesgo o las amenazas excesivas de paranoia propia de países acomodados. No se trata de que el cambio climático exista o no, sino de la valoración que se hace de él. Para John Carlin, Europa padece del “síndrome psicológico de riesgo compulsivo”.
 
Cualquier medida para reducir el riesgo la califica de medida contraproducente. Si estas ideas se imponen en Europa de modo irremediable pasaría a ocupar un segundo plano en el nuevo orden internacional; Barroso lo advierte de forma directa en la presentación de la estrategia para 2020, para un crecimiento inteligente, sostenible e integrado.

Ulrich Beck, con cierto cinismo, propone que dejemos que los demás sigan con su orgullosa falta de miedo, esa actitud temeraria que les terminará llevándoles al estancamiento económico, inversiones fallidas o freno a la innovación tecnológica. Los paladines de la energía nuclear se ciegan a sí mismos el camino hacia los mercados de futuro. Mientras el miedo alemán es sinónimo de empleo e investigación en tecnologías verdes.

Siemens, fundada el 12 de octubre de 1847, nos da una lección de cómo reciclar y reinventarse. Destacar su papel pionero en el desarrollo de Smart Grid, el negocio de las infraestructuras eléctricas inteligentes, capaz de proporcionar seguridad y garantía de suministro energético de modo eficiente y eficaz. Resulta absurdo seguir sobredimensionando el actual sistema energético. Es contradictorio con el ahorro y la eficiencia energética, cuando las nuevas tecnologías nos permiten una mejor gestión de la demanda, respaldando así el uso de las energías renovables y aportar a los clientes el máximo bienestar con muy poca energía.

Las energéticas tradicionales deben de reinventar su “negocio”, no vender energía sino prestar los servicios. La socialdemocracia debe renovar clientela, ofrecer perspectivas amplias que configuran un futuro esperanzador. No se trata de utopías, ni elucubraciones intelectuales, sino de afrontar los enormes retos y desafíos con pragmatismo y realismo. Son retos que exigen ambición en lugar de dilataciones.

Hoy esas nuevas  tecnologías, no son marginales, sino pilares del sistema energético gracias al realismo visionario de Hermann Scheer (SPD). Acaba de publicar Icaria su libro póstumo “El imperativo energético”. La socialdemocracia debe encontrar el equilibrio entre las oportunidades de las nuevas tecnologías, una política industria sostenible, y un desarrollo económico y ecológico al servicio del progreso social y la mejora de las oportunidades, del bienestar y de la prosperidad de toda la sociedad.