Maite de Sola, Investigadora del Área Internacional y de Cooperación de la Fundación IDEAS, reflexiona sobre la necesidad de coordinar los esfuerzos de ayuda humanitaria, así como la creación de un órgano internacional que lidere, coordine y canalice las acciones en caso de desastre natural.
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Coordinación de la ayuda humanitaria internacional: una necesidad acuciante Maite de Sola reflexiona sobre la necesidad de coordinar la ayuda humanitaria a través de un órgano internacional que lidere estas acciones en caso de desastre natural Cinco años después de lo que se llegó a denominar la “anarquía del altruismo”, tras el tsunami en Asia del Sureste, la acción de ayuda de emergencia en Haití ha vuelto a abrir el debate sobre la insuficiente coordinación internacional de los esfuerzos humanitarios.
Haití, el país más pobre de América, sufrió el pasado 12 de enero un fuerte terremoto (seguido de varias réplicas en las siguientes horas y días) que ha causado, según los últimos datos, 300.000 muertos y ha dejado sin hogar a un millón de personas. Además, el terremoto derribó el edificio de la Misión de Estabilización de Naciones Unidas en el país (que llevaba cinco años en Haití), así como varios ministerios. Por lo tanto, ni el gobierno ni la parte civil de la operación de la ONU, que habrían sido responsables de la coordinación de la ayuda internacional en el país, han podido responder de forma eficaz.
Haití ha sufrido grandes pérdidas en este desastre: no sólo humanas, sino también físicas, económicas y sociales. La estructura social y económica se ha visto fuertemente afectada y las poblaciones han comenzado un éxodo hacia las zonas rurales, que ya suponían el 70% de la población del país. Las infraestructuras han sufrido también intensamente: aparte de los daños a los edificios oficiales, las comunicaciones y las vías de acceso, hay problemas en cuanto a los suministros de gasolina e insuficientes medios de transporte, lo que ha obstaculizado en parte los esfuerzos de ayuda internacionales.
La intervención de la comunidad internacional no se hizo esperar: 24 horas después del desastre, tanto la Unión Europea como Estados Unidos y países vecinos de Haití habían ya comprometido ayuda, enviado equipos de rescate y declarado su voluntad de participar en la reconstrucción.
Sin embargo, esta reacción inmediata y entusiasta supuso también el colapso del único aeropuerto de la capital, así como del puerto. La ayuda enviada se mantuvo retenida durante días, sin poder llegar a una población muy necesitada. El Secretario de la ONU no nombró a un representante especial para coordinar la ayuda en Haití hasta tres semanas después del terremoto (el escogido, Bill Clinton, ya había ostentado un cargo similar, a petición de Kofi Annan, tras el tsunami en Asia, en 2005). Por tanto, fue el ejército de Estados Unidos el que se hizo cargo de la situación durante los primeros días, tomando control del aeropuerto de Puerto Príncipe, en un movimiento que creó ciertas susceptibilidades.
Casi tres semanas después del primer terremoto devastador, la ayuda comenzó a fluir y a llegar a la población haitiana, en forma de alimentos repartidos por el Programa Mundial de Alimentos de la ONU. Sin embargo, la impresión dada es que la inmediatez de la respuesta internacional tiene poco impacto si no hay una estructura de coordinación que optimice la llegada y distribución de la ayuda.
La coordinación, sin embargo, no es tan sólo necesaria en el momento de comprometer y enviar las primeras ayudas a una zona catastrófica. Es también necesaria a medio y largo plazo, especialmente en un caso como el de Haití, donde gran parte de las dotaciones serán destinadas a la reconstrucción y, por tanto, a tareas que pueden prolongarse durante años. La respuesta internacional a un desastre como el de Haití o el tsunami en Asia se traduce en ayudas oficiales y donaciones privadas que serán implementadas por cientos de ONGs y agencias gubernamentales e internacionales que trabajan en las zonas más afectadas. En el caso de Haití, la desaparición virtual de las autoridades que debían hacerse cargo de la coordinación sobre el terreno ha dificultado aún más la tarea. Por tal motivo, es necesario articular un sistema de respuesta que pueda liderar los esfuerzos de ayuda, definir las prioridades y coordinar los esfuerzos y proyectos individuales.
Uno de los métodos utilizados para la coordinación de la ayuda es el de las Conferencias Internacionales de Donantes. Sin embargo, como la conferencia celebrada a finales de enero en Canadá corrobora, no siempre resultan eficaces de forma inmediata tras la catástrofe. La próxima conferencia sobre Haití tendrá lugar en Nueva York en el mes de marzo, unos dos meses después del desastre. Si bien puede tener un papel muy importante en la planificación de los esfuerzos de reconstrucción, deja claro que se sigue necesitando un liderazgo para la respuesta inmediata.
Los problemas en la coordinación de los esfuerzos de ayuda, que fueron evidentes tras el tsunami en 2004 y han vuelto a manifestarse cinco años después en Haití, hacen imprescindible que la ONU lidere y coordine la ayuda y acción humanitaria tras un desastre, en posición de control y mando. Si bien existe ya la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), el papel del coordinador humanitario carece de autoridad formal. En situaciones de emergencia, debería poder ser capaz de situarse por encima del resto de actores. Una posible solución sería el refuerzo de la OCHA en este sentido.
Otra opción es crear un nuevo organismo, con categoría de agencia de Naciones Unidas y capacidad de ejercer autoridad sobre el resto de agencias de la ONU implicadas en la acción, pero también sobre otros actores. Su dependencia de Naciones Unidas permitiría una colaboración estrecha con el cuerpo de Cascos Azules, cuya intervención puede ser necesaria en algunos casos, y garantizaría su neutralidad. Además, las agencias de la ONU tienen ya papeles muy destacados en las acciones de emergencia y reconstrucción de países. La OCHA o la nueva agencia debería ser capaz de establecer un protocolo de actuación aplicable a todos los actores, garantizando la seguridad en la zona, en coordinación con los Cascos azules o fuerzas locales, y estableciéndose como centro de control y one-stop-shop (ventanilla única) para todas las agencias y organizaciones que participaran en la acción.
Uno de los debates de los últimos años tiene que ver con la vinculación entre acción humanitaria y desarrollo, cuando el desastre y la intervención se producen en países en desarrollo. La acción humanitaria no debería limitarse, por tanto, al alivio de la situación generada por el desastre: las líneas de acción deberían perseguir objetivos coherentes con el desarrollo a largo plazo. Se trata de otro tipo de coordinación del que también se debe hacer cargo la autoridad propuesta.
El establecimiento de una estructura permanente que pueda canalizar los esfuerzos de ayuda va a ser, además, cada vez más necesario, dado el incremento de desastres naturales (sobre todo meteorológicos) que el mundo está sufriendo en los últimos años.