Artículos

02.06.2010

La ambigua relación entre China y África

José Manuel Albares
Diplomático y colaborador del Área de Internacional de la Fundación IDEAS
compartir: compartir: La ambigua relación entre China y África

Albares analiza la entrada del gigante asiático en el continente africano y el cambio que supone en el panorama geopolítico de la región.

Descargar artículo China África

La espectacular entrada de China en el continente africano ha trastocado el “statu-quo” geopolítico en la región.

Tradicionalmente, Europa ha sido el único actor internacional en África, si exceptuamos la intermitente, presencia de los Estados Unidos. La incorporación de China como nuevo actor, en ese sentido, es normal en un mundo globalizado en el que múltiples actores coinciden en un mismo espacio geográfico. Europa ya no es, ni económica ni políticamente, el único referente para África.

Combinando una billetera generosa con un discurso ideal de respeto a la soberanía y a los gobiernos africanos, China ha conseguido una penetración espectacular en África en pocos años. El comercio entre ambos se ha doblado sólo desde 2006, hasta alcanzar los 95.000 millones de euros este año. Las empresas chinas superan las 1.000 y sus ciudadanos rondan el millón de personas.

Asimismo, el discurso chino de cooperación entre estados soberanos y exento de condicionalidad oficial, ofrece a los gobernantes africanos, especialmente a aquellos que rechazan abiertamente la democracia y los derechos humanos, un modelo alternativo y un aliado frente a la presión occidental. Contrariamente a la idea más extendida, las ventajas y los intereses de esa asociación para ambas partes no son exclusivamente económicos.

Ciertamente, China se asegura recursos energéticos y materias primas y dinamiza sus inversiones en los sectores de la construcción, las telecomunicaciones, el textil y el agroalimentario. Los Estados africanos reciben a cambio infraestructuras y préstamos abundantes. Sin embargo, y sobre todo, esta relación ofrece a China un instrumento de “poder blando” que ha sido indispensable para eliminar diplomáticamente a Taiwán en la zona y para garantizarse buen número de votos en Naciones Unidas. África, asimismo, ha encontrado un aliado para enfrentarse en lo financiero a los donantes internacionales, especialmente a los multilaterales que la trataban con gran paternalismo, y en lo político a los occidentales, uniéndose a China en un discurso más bien retórico sobre la amistad entre pueblos en vías de desarrollo y victimas del colonialismo que buscan su propio modelo.

No obstante, la mera presencia china convierte a África y sus recursos en más atractivos a escala internacional, sacándola del ostracismo post-colonial y reequilibrando su dependencia de Europa.

Sin embargo, la relación entre China y África es menos idílica de lo que se lee con frecuencia. Thabo Mbeki atacaba recientemente el deseo chino de querer satelizar el continente y criticaba la idea de una relación igualitaria. La transformación de los recursos africanos, lo que añade verdaderamente valor al producto final, beneficia sistemáticamente a las empresas y ciudadanos chinos. Del mismo modo, la falta de condicionalidad oficial no se traduce en los hechos. El reconocimiento de la República Popular China es obligatorio. Igualmente, los ingentes préstamos chinos suponen una carga que hoy no se ve pero que tendrán que soportar las futuras generaciones africanas. Asimismo, la “ayuda” china está totalmente ligada a su ejecución por empresas chinas y con mano de obra china. También la no injerencia y el respeto a la soberanía que, con frecuencia, se presenta como uno de los elementos más valorados por los africanos en su relación con China choca con la realidad. El apoyo a las milicias en Chad en 2006 o la denegación de visado del Dalaï-Lama en Sudáfrica demuestran el uso de presión política china en África. Empieza, así, a detectarse en distintos países africanos una animosidad hacia la actitud china por su voracidad hacia los recursos naturales y su competencia en el mercado laboral, no ya sólo como mano de obra, sino también ocupando las actividades del sector informal, tan vitales para la supervivencia  de las familias más pobres.

En cualquier caso, dos cosas son ciertas: China es ya un actor de premier rango en África y Europa y, por tanto, España debe integrar en su política africana esta situación. Así, debemos reafirmar nuestro compromiso con los valores humanistas y los derechos humanos en nuestra relación con África. China es la tercera economía mundial pero en el Índice de Desarrollo Humano se encuentra en el puesto 81. Los africanos son conscientes de esto. Por tanto, cualquier intento de emular la no condicionalidad china, deslegitimaría nuestro discurso en África y nos debilitaría frente a China. No obstante, haremos mal en ver a China como un rival en África. Puede ser socio en la estabilización del continente. Sus fuertes intereses en la región y su experiencia en misiones de paz hacen que tenga gran interés en la paz y seguridad de África. También podemos aprender. Nuestras políticas de desarrollo en el continente deben tener entre sus objetivos el apoyo a la creación de un tejido productivo generador de riqueza, que emplee gran cantidad de mano obra no cualificada y que tan desesperadamente busca y necesita África. Ante todo, tenemos que dejar de ver África como un bloque homogéneo con problemas comunes y pensar políticas africanas adaptadas a sus distintas situaciones.