El autor reflexiona sobre los logros de la Presidencia española de la UE y lanza algunas teorías sobre el futuro político de Europa.
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El acuerdo para poner en funcionamiento el servicio europeo de acción exterior y el éxito de la mayoría de cumbres celebradas en la Presidencia Española subraya la necesidad de que Europa sea percibida como actor global. El impulso de la regulación de la iniciativa parlamentaria popular que habrá de permitir la participación directa de los ciudadanos de la Unión o la futura adhesión al Convenio europeo para la protección de los derechos humanos son también buenos ejemplos de que la Presidencia Española ha dejado su propia impronta. De manera muy especial, con los avances en la política de igualdad y lucha contra la discriminación. En éste sentido la creación de un observatorio europeo para la lucha contra la violencia de género y el impulso para que pueda ser aprobada una orden de protección europea que permitirá que cualquier medida de protección dictada por un Estado miembro se ejecute automáticamente en cualquier otro de la UE al que la víctima se traslade. Pese al bloqueo de algunos países, la propuesta de orden ha sido remitida al Parlamento para su consideración y eventual aprobación definitiva.
En el proceso de construcción europea, la crisis se ha convertido en una oportunidad, y no sólo para los profundamente europeístas. Más Europa es la solución, y me pregunto, si hoy sería tan compleja la aprobación del Tratado de Lisboa como resultó serlo o si sería más factible el impulso de una genuina constitución europea, o si hoy, la opción federalista ganaría más adhesiones frente a las siempre dominantes opciones soberanistas que mantienen la mayoría. En cualquier caso, hoy tenemos una Europa más integrada, con una política europea común en materia económica y con nuevas instituciones en funcionamiento que no teníamos antes de la Presidencia. En una Europa con mayoría de gobiernos conservadores, con Van Rompuy, con Barroso, con un Parlamento y mayoría de comisarios conservadores, quizá ha resultado imprescindible que un país con gobierno socialdemócrata haya coordinado la respuesta a la crisis. La directiva que regula los fondos de gestión alternativos (hedge founds), la tasa a la banca acordada en el consejo europeo de 17 de junio y el diseño del Consejo Europeo de riesgo sistémico y de las autoridades de supervisión europea para la banca, seguros y mercados bursátiles, así como la propuesta de la tasa a las transacciones financieras han sido especiales empeños de la Presidencia Española. Debemos garantizar que el sistema financiero no vuelva a cometer los mismos excesos con la complicidad de todos los gobiernos y que pague parte del coste de la crisis que también han originado.
Sin embargo, los socialdemócratas, los socialistas europeos, debemos someternos también a una dosis de autocrítica después de lo acontecido y de que varios gobiernos socialistas hayan sido sustituidos por gobiernos de matriz conservadora y neoliberal. En España, el Presidente Zapatero permanece con el liderazgo más claro en los países gobernados por socialistas en el seno de la Unión, y deberemos reorientar algunas de nuestras políticas en beneficio del mantenimiento del progreso y de nuestro modelo social.
Zygmunt Baumant ( “El tiempo no espera, conversaciones con Rovirosa-Madrazo”, Arcadia, 2.010 ) nos recuerda que en tiempos eufóricos de la “tercera vía” y del “new labour”, Gerard Schröder declaró que la política económica no era ni de izquierdas, ni de derechas, que podía ser buena o mala. Y considera que también fue el nuevo laborismo de Tony Blair, basándose en la idea embrionaria de Margaret Thatcher que decía “la sociedad no existe, sólo existen los individuos y las familias”, puso los fundamentos institucionales de la individualización, privatización y desregulación desenfrenada, y que el partido socialista francés fue el responsable de la mayor parte del estado social francés.
En un presente que nos obliga a tomar decisiones aceleradas, contrarias en ocasiones a aquellas que hemos venido defendido, en una lucha desigual entre las fuerzas conservadoras, neoliberales que van apartando a las partidos socialdemócratas de los gobiernos de la Unión, quizá es el momento de replantear, reformular algunas cosas para que efectivamente una buena política económica pueda ser una buena política de izquierdas sosteniendo aquello que más ansiamos: nuestro modelo de cohesión y justicia social.