Antonio Molina, asesor del Congreso de EEUU en materia de biotecnología, apuesta por mantener la inversión en i+D para transformar el modelo productivo español.
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El modelo productivo de la economía española siempre se ha basado en sectores poco competitivos y con muy escaso valor añadido. Debemos cambiarlo ya por un modelo de economía sostenible basado en el conocimiento y no en los servicios o la especulación. Para ello es necesario apuntalar la producción pública científica y técnica, fortalecer su transferencia de tecnología al sector privado y sobre todo facilitar enormemente el movimiento de capitales inversores profesionales desde los antiguos sectores empresariales a los modernos y sostenibles. Por todo ello se requieren unos presupuestos para 2011 que no corten los buenos pasos ya dados, una reforma educativa en profundidad, una reforma laboral racional y un cambio de modelo muy profundo. El gobierno ha avanzado en la dirección correcta, en particular el Ministerio de Ciencia e Innovación, pero estamos en el momento de mayor dificultad de la legislatura, y es ahora cuando debemos mantener la visión a largo plazo y perseverar. Tenemos todas las piezas y todas las herramientas: construyamos el futuro, ya.
Desde 1985 España ha demostrado un crecimiento económico impresionante. En 2006 nuestra renta per cápita en dólares fue un 350% del valor en el año 1986, mientras que en Alemania fue del 175% y en Francia del 165%. A pesar de crisis externas y domésticas, este diferencial de crecimiento se ha mantenido hasta la actual situación, superando al de los países de nuestro entorno. Es en la presente crisis internacional cuando han quedado expuestas de forma dolorosa las carencias estructurales de nuestra economía.
Primero porque nuestra recuperación será la más lenta de Europa Occidental, segundo porque la credibilidad de nuestra economía es inferior a la de los principales países de la Eurozona y con ello se nos incrementa la prima de riesgo al financiarnos en los mercados internacionales de deuda, y finalmente no sólo porque el nivel de desempleo es extraordinariamente alto sino porque entre el 20 y el 30% de estos desempleados no poseen cualificación suficiente como para reciclarse y volver al mercado de trabajo a corto o medio plazo.
Es cierto que parte de las dudas sobre nuestra economía provienen de movimientos internacionales especulativos, interesados en obtener beneficios a corto. También es cierto que el origen de la crisis actual no está en nuestro país sino inicialmente en la paquetización de subprimes en EEUU. Pero la señal de alarma se ha encendido estrepitosamente al ver que tanto EEUU como las principales economías de la Eurozona comienzan ya a salir de la crisis mientras a España le queda al menos otro año de sufrimiento, quizás dos. ¿Por qué? El problema de fondo es que nuestro nivel de desempleo es al menos el doble que el de los países de nuestro entorno y además nuestro déficit está en los valores más altos de Europa. Estos dos últimos factores son muy preocupantes precisamente porque el PIB español, que es el barómetro del crecimiento, depende en exceso de sectores poco tecnológicos, como la construcción y los servicios. ¿Por qué poco tecnológicos y qué tiene eso de malo?
En el último macro-congreso de la industria biotecnológica de EEUU celebrado en Chicago en Mayo de este año, un analista de JP Morgan lo resumía de este modo: “Por cada puesto de trabajo creado en sectores de alto valor añadido, como biotecnología, software, internet, etc, se crean a su alrededor 10 puestos de trabajo también de alto valor añadido y de cada uno de ellos 25 de valor medio. En el sector inmobiliario esta ratio es de 0,5 a 50; en resumen, 250 a 25, diez veces más empleo”. Sí, pero si la actividad inmobiliaria puede generar millones de puestos de trabajo y enormes flujos de capital, ¿por qué seguimos diciendo que es mejor hacer microchips y fármacos que ladrillos? Porque el crecimiento de las ventas en microchips y fármacos se basa en factores intrínsecos a estos productos, es decir, en hacerlos mejores, más rápidos, más eficientes, más baratos, más diversificados, más adaptables, etc.
En otras palabras, estos sectores evolucionan gracias a que hacen evolucionar el producto, así surgen nuevos nichos de mercado, nuevas aplicaciones, nuevos productos, y de un microchip pasamos a un iPod, un escáner médico o un móvil. Las industrias intensivas, como la construcción, diversifican muy poco y a penas crean nuevos nichos de mercado. Además, los trabajadores de industrias basadas en el conocimiento suelen estar bien formados en comparación con los de la construcción y similares, cambian fácilmente de trabajo y empresa, y en épocas de crisis se defienden mejor, sobre todo en mercados laborales rígidos. En otras palabras, el crecimiento basado en modelos económicos del conocimiento y la tecnología crece y se diversifica siempre que hay oportunidad, mientras que el crecimiento basado en modelos de bajo valor añadido solamente crece bien por burbujas especulativas o bien rebajando los costes operativos, sobre todo la mano de obra. El problema tradicional de España es este precisamente, que jamás ha habido un período de 50-60 años de crecimiento y desarrollo basado en el conocimiento, lo que nos ha dejado tradicionalmente en manos de grandes empresas (nacionales o extranjeras, da lo mismo) que accediendo a subvenciones y créditos blandos instalaban enormes superficies productivas empleando a miles de trabajadores, pero que en pocos años se “deslocalizaban” a Polonia o Hungría primero, y a China después. Si lo pensamos bien, esto quiere decir que por un tiempo el trabajador español era lo que hoy es el chino: mano de obra barata sobre la que basar beneficios financieros globales. ¿Realmente queremos eso para nuestro país? No, claro que no.
¿Qué hacer? Desde 1985, con altibajos, se vienen aplicando políticas de desarrollo del I+D público y privado en nuestro país. La idea inicial era incrementar la masa de producción tecnológica y científica para luego nutrir de ella una industria moderna y de alto contenido en conocimiento. Es decir, seguir el modelo de desarrollo alemán tras la segunda guerra mundial, o el de estados como California o Tejas en EEUU. Estas políticas han dado en general buenos resultados. Por ejemplo, en biomedicina España publica alrededor del 15% de los artículos científicos europeos. Sin embargo, en ese campo las patentes españolas son el 1%, es decir, desde el punto de vista competitivo, se desperdicia un 96% de la inversión hecha con nuestros impuestos. En realidad, esta no es una noticia tan mala, quedémonos con la parte buena, y es que tenemos un enorme potencial. En pocas palabras, para competir con Alemania, Francia o el Reino Unido deberíamos tener entre el 60 y el 80% más de ingenieros y tecnólogos principalmente en el sector privado, e incrementar nuestra producción en este porcentaje. Pero sobre todo, es absolutamente urgente el impulsar la transferencia de tecnología del sector público al privado, al igual que sucede en Alemania, Canadá o California. Esto, acompañado de unas reformas educativa y laboral racionales y con vistas a futuro, deben ponernos en la senda real del crecimiento sostenible.
De las varias asignaturas pendientes que tenemos para basar nuestro crecimiento en un modelo productivo sostenible y basado en el conocimiento, queda una en la que se piensa poco y de la que se habla menos, pero que es clave en nuestro desarrollo: reorientar la inversión privada profesional hacia el sostenimiento de este modelo. Porque es simplemente imposible hacer y mantener estos cambios a base de incrementar la deuda pública y el déficit fiscal, es de una urgencia extrema que el gobierno impulse el movimiento de capitales profesionales desde los sectores actuales poco sostenibles a los muy sostenibles. Un ejemplo muy claro han sido las energías renovables, porque a base de incentivos fiscales en general bien diseñados, se ha logrado atraer grandes masas de capital privado empantanado en el ladrillo y llevarlo hacia un sector en constante crecimiento y actualmente somos una potencia de primer orden en este sector. Ahora estos incentivos se van recortando, como debe suceder, pero ya han hecho su trabajo. El capital riesgo en general, incluyendo desde seed capital hasta prívate equity, debe encontrar atractivos estos nuevos nichos de inversión y apoyarlos. Su razón debe ser exclusivamente el beneficio de su inversión, es decir, el generar empresas y modelos de negocio reales, que rindan y se sostengan. Pero para dar el gran paso, el gobierno debe facilitarles el camino hacia estos nuevos territorios y a la vez disminuir la comodidad de invertir en sectores actuales poco competitivos.
¿Se está haciendo? Sorprendentemente si, al menos en parte. Probablemente el actual ministerio de Ciencia e Innovación sea el más preparado y consciente de toda la actual democracia española. La ministra, magníficamente formada, con un doctorado, un MBA por una de las escuelas de negocio más prestigiosas del mundo, y sobre todo con buena experiencia empresarial, está dando los pasos en la dirección adecuada, no hay duda. Pero probablemente necesite ser más ambiciosa en propiciar el movimiento de inversión profesional desde sectores tradicionales a los de la nueva economía. Para ello es imprescindible tomar medidas en varios niveles, siguiendo las experiencias de países como EEUU, Alemania, Canadá o Japón. Las líneas maestras deben basarse en incentivos fiscales para inversiones (no solamente descuentos del impuesto de sociedades) en 5-10 sectores clave, como el de IT, biotecnología, ingeniería, energías renovables y sector aeroespacial. Incentivos fiscales a la creación de estas empresas, como la deducción íntegra de estas inversiones sobre el IRPF de inversores personales, o sobre los beneficios consolidados de los fondos de inversión (y no solamente sobre retornos de inversiones puntuales); es urgente desatascar los fondos en los que CDTI ha coinvertido, y que una vez recibido el dinero público no saben qué hacer con él; es muy urgente racionalizar y profesionalizar las ofertas de los Parques Tecnológicos, donde por ejemplo en alguno de ellos se cobra el metro cuadrado de espacio a 38 €, igual que el metro cuadrado de oficinas en algunos rascacielos de Madrid o Barcelona, cuando en parques similares de Japón, California o Canadá se cobran entre 7 y 10 €; es imprescindible crear una ancha vía de traspaso de personal investigador entre los sectores públicos y privados, de ida y vuelta, porque hoy día el investigador público que se va al sector privado realmente no puede volver si lo desea, y viceversa; sería imperiosamente útil un IVA muy reducido para empresas de 0 a 5 años de vida, con bonificaciones totales de la seguridad social y otros costes personales, y con créditos muy blandos vía ICO para financiar patentes y otros costes operativos hoy día prohibitivos. Todas estas inversiones supondrían no más de 300 millones de € y en 5-7 años multiplicarían por 10 la masa industrial española en los nuevos sectores. Igualmente, para facilitar el salto de estas nuevas empresas a un tamaño medio en esos 5-7 años, se necesitan nuevos fondos de inversión especializados en rondas de capital maduro, casi inexistentes en España hoy día para los nuevos sectores.
Nada de lo que se ha hecho hasta ahora servirá si en los próximos presupuestos el único objetivo es disminuir rápidamente el déficit. A pesar de ser éste un objetivo mandatorio, jamás debería hacerse a costa de destruir el potencial que tenemos. Ahora más que nunca, debemos apostar por nosotros mismos, por nuestras capacidades y potencial, por dar de una vez por todas el salto a la locomotora económica y salir del grupo “PIGS”. Tenemos el talento y la capacidad, hemos dado ya pasos en la dirección correcta, por favor no deshagamos el camino, como hicimos tantas veces en nuestra historia.
Dejemos de ser un país solamente de albañiles y camareros, y añadamos ingenieros, doctores y tecnólogos; salgamos fuera a conquistar mercados, patentemos, generemos transbordadores espaciales, coches eléctricos, fármacos contra el cáncer, plantas solares, etc. Demos el salto ya. Nunca antes se ha hecho. El actual ministerio está en la dirección correcta. ¿Se desviará? Por el bien de todos, esperemos que no.