El autor analiza el transcurso del conflicto iniciado por George W. Bush en Iraq el 3 de marzo de 2003 y deja abiertas una serie de incógnitas sobre el futuro del país asiático.
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Hace más de siete años (20-3-2003) desde que George W. Bush iniciara, conjuntamente con Tony Blair y con el apoyo moral y militar de José María Aznar, la Guerra de Iraq. Y ha tenido que ser su sucesor en el cargo, Barack Obama, el que ponga fin a un conflicto que ya se venía haciendo interminable, tanto para los soldados y sus familias (más de 4.000 militares estadounidenses muertos en más de 7 años de intervención), como para las arcas del Estado norteamericano (según el diario ‘Los Angeles Times’, son ya 809,1 billones de dólares).
La Operación Libertad Iraquí, como fue calificada por el Ejército estadounidense, y contra la que se postularon la ONU, países como Francia y Alemania, así como personajes del mundo de la política como el actual presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, partía de la presunción de que el país asiático, gobernado entonces por Saddam Hussein, poseía un gran arsenal de armas de destrucción masiva. Supuestamente, dichas armas iban a ser puestas a disposición de Al Qaeda para repetir los ataques perpetrados el 11 de septiembre de 2001 en el centro neurálgico de la primera potencia mundial.
Los informes presentados por el entonces vicepresidente de EEUU, Dick Cheney, entre otros, para legitimar la guerra mostraban incluso imágenes de las presuntas instalaciones de almacenamiento, aunque no tuvo que pasar mucho tiempo para que aflorase la verdad y aparecieran contrainformaciones que desmentían los datos que llegaron a tener engañado y en pie de guerra a medio mundo.
Además, los ‘neocon’ identificaron a Saddam Hussein como un peligro para la comunidad internacional, como un aliado de Al Qaeda, por lo que se puso precio a su cabeza y se inició su persecución. Fue descubierto en diciembre de 2003 y ejecutado tres años después por el propio Gobierno de su país, acusado de matar a 148 chiíes y kurdos en 1982.
En este sentido, no hay que olvidar que fueron estos mismos, representantes de la derecha más extrema de los EEUU, los que crearon a ese ‘monstruo’ (que se convertiría en exterminador de chiíes y kurdos) para evitar el ascenso al poder del ayatolá Jomeini en Irán (1979). Le proporcionaron las armas necesarias para iniciar y ganar la guerra contra el país vecino, que pese a todo resistió políticamente el envite iraquí-estadounidense y llevó adelante su proceso revolucionario.
Tras celebrarse elecciones en enero de 2005, se aprobó la formación de una Asamblea Nacional, encargada de redactar y promulgar la Constitución iraquí el 15 de octubre de 2005. Meses más tarde, en junio de 2006, Nuri Al Maliki (chií moderado) se convirtió en Primer Ministro de Iraq, a la vez que se desataba una ola de atentados por todo el país que acabaría siendo calificada de Guerra Civil, en tanto que parecía que el conflicto era una lucha entre las dos ramas mayoritarias del mundo musulmán: el Chiismo y el Sunismo.
Los años posteriores sólo han proporcionado datos catastróficos. El número de muertos, heridos y refugiados ha ido in crescendo. Según el diario californiano ‘Los Ángeles Times’, han sido un total de 112.625 civiles iraquíes los que han perecido a lo largo de estos más de siete años. Si a esto le añadimos los datos de la Oficina del Alto Comisionado para Refugiados de Naciones Unidas, que estimaba en 4,7 millones el total de refugiados –cifra equivalente al 16% de la población de Iraq-, se puede concluir que la Operación Libertad Iraquí, al margen de la destrucción total de infraestructuras y del alto coste económico que ha supuesto para el país, ha sido un tremendo desastre en términos humanitarios.
Con este balance, no es de extrañar que el presidente Obama haya anunciado satisfecho que las tropas estadounidenses vuelven a casa, que el fin de la Guerra de Iraq ya es un hecho, aunque se compromete a colaborar para mantener la estabilidad en el país con 50.000 efectivos, que se encargarán de dar apoyo al Ejército iraquí y a combatir el terrorismo que sigue generando muerte y dolor.
Pero, ahora que termina el conflicto, ¿se puede decir que se han conseguido los objetivos que se perseguían? ¿Ha servido la guerra ilegal patrocinada por George W. Bush, Tony Blair y José María Aznar para hacer del mundo, o siquiera de Iraq, un lugar más seguro? ¿Ha merecido la pena tanta destrucción?
Parece claro que no. La única lectura positiva que se puede extraer de todo esto es que Iraq es ahora un país en el que ya no gobierna un dictador sanguinario, como era Saddam Hussein. Pero no creo, ni mucho menos, que ése sea motivo suficiente para la catástrofe generada. Son las sociedades, principalmente, las que tienen que luchar para derrocar a sus propios gobiernos. De lo contrario, podría incurrirse en lo que en Derecho Internacional se tipifica como una injerencia en asuntos internos.
Ahora sólo queda esperar que la retirada estadounidense no genere una lucha encarnizada por el poder, que el Ejército Iraquí y sus Fuerzas de Seguridad se hagan sólidos y puedan contrarrestar el terrorismo y que el calificativo de ‘Nuevo Amanecer’, escogido para denominar a la nueva fase de la Operación estadounidense, sea el adecuado para describir la nueva situación del país.