Asesor del Congreso de EEUU en Biotecnología
El autor analiza, con un enfoque eminentemente práctico, la necesidad de llevar a cabo una profunda transformación en el modelo productivo español.
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Siete de la mañana, en la radio del coche un pequeño empresario valenciano del transporte de frutas y hortalizas se queja amargamente de la tasa o impuesto de circulación para camiones que algún gobierno centroeuropeo estudia imponer. De todo su discurso hay una frase que me llama poderosamente la atención: “la mercancía que transportamos es de muy poco valor, si nos ponen este impuesto tendremos que repercutirlo al cliente, con lo que su margen será todavía más pequeño”. Los contertulios se lanzan en sesudos análisis sobre la idiosincrasia de Renania, los costes de producir un kilo de naranjas, etc. Sorprendentemente, nadie se pregunta la razón de que en nuestros camiones viajen lechugas y no microchips, escáneres de positrones o fármacos contra el cáncer. Parado en el tráfico, al lado de un señor que mira al infinito y de otro que se rasca con parsimonia, me vienen a la memoria inmediatamente varios datos, como que en un automóvil alemán vendido en España hay entre 100 y 1.000 patentes, o que cierta empresa biotecnológica de EEUU se vendió ayer mismo por 50 millones de $ habiéndose invertido en ella 10 en 3 años. Otro semáforo, me pongo a pensar en que 1.000 patentes es una cantidad inmensa de conocimiento aplicable en muchos mercados y por ende que genera mucho beneficio. Por ejemplo, la tecnología de leds de un coche viene de la aplicación en electrónica industrial, repito: el mismo producto da enormes beneficios en mercados diversos.
Supongamos que queremos exportar a Alemania mil millones de euros y que podemos hacerlo en hortalizas o en microchips. ¿Qué es mejor? Desde el punto de vista del negocio parece que la facturación es la misma: mil millones. Un cálculo muy rápido dice que para producir mil millones en lechugas me gasto unos 900 millones en materiales, subsidios, intermediarios, carburantes, transporte, etc. Los mil millones en microchips cuestan unos 300 millones, lo que parece más rentable.
Demos un paso más. El microchip está protegido por patentes y por conocimiento muy técnico, en manos de la fábrica de Valencia, pongamos por caso en honor al pobre transportista de la radio. La producción de lechugas está poco tecnificada, no hay patentes ni conocimiento específico. Esto quiere decir que la empresa alemana que compra las lechugas españolas muy pronto se las va a comprar a Marruecos o a Rumanía porque la mano de obra en esos países es más barata, con lo que el precio del kilo de lechuga es más bajo, y el importador alemán gana más. Así de simple, y ya lo hemos visto en el sector textil, calzado, etc.
Profundicemos aún más. El automóvil de Münich, el servidor de IT de Berlín o la televisión de plasma de Bonn que usan el microchip español necesitarán repuestos, mantenimiento, versiones mejoradas de más velocidad y capacidad de procesamiento, etc. Es decir, si nuestros microchips son buenos nos van a seguir comprando productos y mantenimiento/reposición, porque van a depender de nosotros. Eso no sucede con la lechuga, que se come y punto. Además, producir un microchip en Marruecos o en Rumanía cuesta mucho más respecto al precio final que producir una lechuga, es decir, nos defendemos de la ‘deslocalización’. Y aún más, si la empresa española lo hace bien, será ella la que produzca en China un día, y venda en Barcelona, Vigo, Bonn y Adelaida, entonces sus cuentas internacionales se consolidarán anualmente y pagará impuestos en España, con los que haremos más carreteras, hospitales y universidades, que faciliten la generación de más conocimiento, más patentes y más productos y servicios de alto valor añadido. Pero OJO, que sus sedes de I+D estarán en Valencia porque es donde está su conocimiento, con lo que se sigue añadiendo valor al tejido empresarial español. Más aún, para que Marruecos produzca los mismos microchips, debe contar con buenos ingenieros, a los que o les paga ahora un buen salario que compita con el español o se vienen a la empresa de Valencia que YA los contrata… Es decir, la innovación globaliza y previene de la deslocalización.
¿Cuál es la diferencia entre una lechuga y una empresa farmacéutica de 50 millones de dólares? Simplificadamente que en la lechuga el precio es lineal, es decir, una lechuga vale X, 2 valen el doble, tres el triple, etc. La empresa farmacéutica da un salto cualitativo en su valor (o precio que paga quien la compra) porque nace de valer muy poco, de coger varias ideas y patentes concretas y combinarlas de una forma novedosa, creando algo que no existía antes, algo totalmente nuevo, muy útil y por tanto con gran valor, a diferencia de cultivar lechugas (las de hoy son iguales que las que comía mi abuelo, no se añade valor al producto). Esto hace que en tres años, en el ejemplo que mencioné antes, se cree un valor de 50 millones de $ para esta empresa. Hay muchos ejemplos fantásticos de esto, como la multinacional farmacéutica Genentech, de EEUU, que se creó a mediados de los 70 y en 2008 fue adquirida por unos 85.000 millones de $. Este es un hermoso ejemplo de creación de valor’.
¿No se creó valor con la reciente burbuja inmobiliaria española? No, en absoluto, se creó especulación sobre una sobrecapacidad de endeudarse de las familias y empresas, créditos baratos, etc. Crear valor significa crear algo nuevo, que valga más que sus componentes, por ejemplo un transbordador espacial de 500 toneladas tiene más valor que 500 toneladas de piezas, ruedas, cables, motores, etc., porque es algo nuevo, con una nueva utilidad, con un nuevo mercado, etc. Que una casa o un Van Gogh pasen de valer 200.000 euros a 200 millones no es crear valor, es crear una burbuja de beneficio a corto plazo sobre especulación, es decir, el cuadro es hoy deseado por más gente que ayer, pero es el mismo cuadro (o casa), sin nada nuevo, sin innovación. No digo que esto sea malo, en absoluto. Pero ningún país basa su economía en las cotizaciones de un Rembrandt o un Picasso, y España basó buena parte de su crecimiento en las cotizaciones del ladrillo hasta hace un par de años. Esto es un error porque los países que basaron su crecimiento en innovar (Alemania, Finlandia, Japón, EEUU, etc.) han sufrido menos en la crisis. Y es un tremendo error cuyas consecuencias pagaremos durante varios años porque esos países de nuestro entorno, con sus problemas particulares, como si que crean valor, ya avanzan mucho más rápido que nosotros (en PIB, competitividad, balanza de pagos, etc) aumentando más aún la brecha.
Hora del almuerzo, en la cafetería espero la pitanza. Reviso el email en mi móvil norteamericano, miro la hora en un reloj japonés, mi automóvil británico sigue mal aparcado en la puerta, la máquina alemana de café emite aromas intensos y en la radio suena una banda anglosajona. Pero no me altero, como me dedico a la biomedicina en España tengo sobre la mesa varios artículos y patentes de grupos de Madrid y Sevilla, con los que se puede crear una nueva molécula con enorme potencial en cáncer. A mi empresa, española, le vendría muy bien y yo sé cómo combinar estas piezas porque lo he aprendido en Nueva York, Boston, Paris y Madrid durante quince años de mi vida. Tengo la reunión con los científicos en veinte minutos, con prisa y una sonrisa cargo contra la ensalada de lechuga que el camarero acaba de dejar ante mí.