El autor analiza los tres principales desafíos a los que tiene que hacer frente el PSOE para recuperar la confianza de la ciudadanía española: la desigualdad, la UE, y la participación en el interior del partido.
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Tras los resultados del 20-N, el Partido Socialista tiene dos importantes retos por delante: redefinir su proyecto político y cambiar el modelo de organización. Sobre estos dos objetivos se viene hablando mucho en las últimas semanas y, seguramente, también concentrará mucha de nuestra atención en las siguientes.
No obstante, más importante que hacer propuestas, es necesario elaborar un buen diagnóstico sobre la realidad. Dentro de este diagnóstico, debemos prestar especial atención a los límites que tiene por delante la socialdemocracia. No son barreras insuperables, pero sí que son desafíos que no cuentan con soluciones fáciles.
La primera de las barreras está en la desigualdad. Dentro de los objetivos prioritarios de la izquierda, la igualdad siempre ha tenido un lugar destacado. Además, lo que diferencia a la socialdemocracia de las posiciones más liberales es que no sólo persigue la igualdad de oportunidades, sino que además también busca que todos los ciudadanos alcancen, como mínimo, el mismo nivel de bienestar. Es decir, a la izquierda no sólo le preocupa las diferencias entre clases sociales, también el bienestar de las personas de menos renta entra dentro de sus prioridades. Así, la redistribución no sólo se entiende como un proceso de movilidad social donde el “ascensor” nos permite subir o bajar en la estructura de clases, sino que además, para la socialdemocracia, la planta más baja de ese “ascensor” no es la miseria.
Relevantes científicos sociales anticipan que en la sociedad a la que nos dirigimos, tendremos que elegir entre algún tipo de desigualdad. La política económica que ha dominado desde finales de los años 70 ha sido incapaz de combinar pleno empleo y redistribución. Por ello, si no cambiamos nuestras economías, siempre habrá que optar entre dos escenarios: poco desempleo con amplias diferencias sociales, o la marginación económica de una parte de la sociedad, a cambio de una mayor igualdad entre clases (Torben Iversen, 2001, “The choices for Scandinavian Social Democracy in Comparative Perspective”, en Andrew Glyn (ed.) Social Democracy in Neoliberal Times).
El nuevo proyecto del socialismo español tiene por delante superar este pesimismo y elaborar alternativas económicas que eviten elegir entre algún tipo de desigualdad. Para ello, será necesario innovar en las ideas económicas y cuestionar muchos de los diagnósticos que se vienen haciendo en los últimos años. Ello puede llevar a admitir que algunos de los argumentos que sostenía la izquierda en los últimos tiempos no eran necesariamente ciertos. Pero será más valioso reconocer los errores, que persistir en ellos.
El segundo de los desafíos lo encontramos en Europa. La experiencia nos dice que la Unión Europea tiene importantes problemas. Por un lado, adolece de un claro déficit democrático. El control de las instituciones europeas por parte de la ciudadanía deja mucho que desear. Quizás, podría argumentarse que este déficit democrático es en beneficio de una mayor rapidez en la toma de decisiones. Pero lo cierto es que, tal y como hemos visto durante la crisis económica, las instituciones europeas están muy lejos de la eficacia. Cada vez que ha sido necesaria una decisión urgente, ésta ha tenido que contar con la aprobación de numerosos actores. Por lo tanto, el diseño institucional de la Unión Europea se encuentra en el peor de los mundos posibles: no es eficaz y tiene claras carencias democráticas.
Por otro lado, la unión monetaria también se ha revelado como deficiente. Su diseño institucional ha permitido que las economías más débiles hayan sido atacadas por los mercados. En escenarios de crisis, los inversores han buscado refugio en la deuda de las economías más fuertes, especulando con la deuda de las economías más frágiles. Además, el Banco Central Europeo ha priorizado los intereses económicos de los países más ricos, dando mayor relevancia a la inflación frente al empleo.
Si la izquierda quiere contar con Europa como campo de juego, o corrige estos problemas, o el proyecto socialdemócrata pasará por serias dificultades. Será muy difícil perseguir los objetivos progresistas, cuando el diseño de Europa se sostiene sobre principios erráticos y prioridades conservadoras.
El tercero de los retos para el PSOE es el modelo de partido. Una de las conclusiones del 20-N es que las personas con mayor formación son las que más se han alejado del proyecto socialista. Esto supone un importante desafío como organización. Dentro de los partidos, en ocasiones, existe la tentación de tener miedo al cambio: cualquier apertura al exterior genera más dudas que entusiasmo. Pero un partido con muchos militantes no será útil para el proyecto que defiende, si no tiene votantes.
Dedicarse a participar en una organización es costoso en términos de tiempo, de tal forma que una carrera profesional puede verse truncada, si la persona se vuelca en exceso en esta organización. Por ello, debe caminarse hacia nuevas formas de participación que vayan más allá de las tradicionales. Sólo así los partidos serán atractivos para las personas más formadas. De hecho, cualquier organización se enriquece mucho más si cuenta con personas que aportan conocimiento y cualificación.
En definitiva, el Partido Socialista no se enfrenta a un futuro fácil. Los retos son ambiciosos. Pero sólo si es capaz de resolverlos, volverá a contar con la confianza de la mayoría de la ciudadanía. En España, las personas progresistas son mucho más numerosas que las conservadoras. En estos momentos, su aspiración es que el PSOE vuelva a ser el partido en el que se han visto reflejadas en tantas ocasiones.