Análisis del panorama mediático existente en nuestro país, centrándose el autor en el bloque de medios de comunicación conservadores, sus mensajes e influencia en la política española.
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A la hora de analizar la derrota absoluta del PSOE y la victoria absolutista del PP en el 2011 que acabamos de dejar, muchos apuntan a la crisis económica; otros la respuesta a la crisis de Zapatero; pero pocos ponen el acento en la incapacidad que ha mostrado en muchas ocasiones el Partido Socialista de comunicarse con los españoles. No es que su capacidad de comunicación sea poco consistente, sino que los medios de la derecha han ido creando desde que ganó Zapatero en el 2004 una configuración mediática donde el resultado político es el producto y no la causa de la involución en libertades periodísticas que estamos viviendo en nuestro país.
Esto, sin embargo, no es nada nuevo, porque la victoria de Aznar en el 96 tuvo mucho que ver con la oposición mediática que sufrió el gobierno de González. Es verdad que la corrupción institucional y el desgaste en el gobierno, pusieron a Felipe en una situación donde lo milagroso habría sido volver a ganar, aunque ya en el 93 lo consiguió. Pocos pueden dudar de que sin la ayuda de ciertos sectores de la prensa encabezados por Pedro J, la victoria del PP en las generales de 1996 habría sido mucho más complicada. Y esto es necesario recordarlo porque desde siempre la derecha se ha quejado de manera insistente de la “dictadura mediática” de la izquierda, representada sobre todo en la PRISA de Polanco. El problema de fondo no era un monopolio inexistente en este sentido, sino el prestigio que tenían medios como “el País” o la SER, que identificaban con el Gobierno. Por esto mismo Pedro J se empeñó en poner de moda un periodismo de investigación, o también llamado de denuncia, que por entonces casualmente solamente apuntaba a los casos de corrupción del PSOE. Luego, con el PP en el poder, la influencia de “El Mundo” pudo crecer al sentarse junto al presidente, pero sus ventas en los kioskos disminuyeron de manera evidente. Fracasó, de este modo, el intento de Pedro J de convertirse en el “Polanco” de Aznar, aunque la derecha lo intentó con el fracasado grupo multimedia que integró a “El Mundo”, ONDA CERO y Antena3, con el dinero de Villalonga, o sea, de telefónica.
Lo que no se puede negar en la actualidad es la capacidad que ha tenido la derecha de rearmarse y conseguir un bloque mediático que al margen de sus eternos rencores y disputas internas, se ha puesto como ley “el bien común” por encima de la venganza personal, con las excepciones de Losantos y Zarzalejos. ¿Y qué era el bien común? Desgastar el PSOE al precio que fuese hasta conseguir desalojarlo del poder. Y, si en este caso lo conseguían antes de otros 14 años, quizás sobrevivirían todos esos intereses mediáticos creados para servir al Partido Popular pero que en muchos casos resultaban ruinosos como empresas. En este campo, Sáenz de Buruaga y Nacho Villa pueden ser nombrados doctores honoris causa.
Pero el problema para una democracia no es tanto un bloque monolítico de una derecha mediática, como los mensajes, infamias y mentiras, que han ido sembrando a lo largo de todos estos años con un notable éxito a la vista de los resultados electorales. Nadie ha querido darse cuenta de que existe un problema cuando en democracia se utiliza la libertad de expresión para acusar a un Gobierno legítimo o a su presidente de colaboración con la ETA.
Y esto se ha hecho no solamente a través de la mayoría de medios afines al PP sino desde el propio PP, teniendo como portavoz estrella del “pacto con la ETA” a una de sus principales figuras políticas y cabeza de lista al Parlamento europeo, Jaime Mayor Oreja. Nadie ha sentado en el banquillo a medios y periodistas que han insinuado, cuando no acusado abiertamente, a Zapatero, a Rubalcaba, o al partido socialista en general, de estar detrás del 11-M o ser sus cómplices. Sin embargo la derecha sí llevó a los tribunales a uno de los suyos cuando criticó unas supuestas palabras de actual Ministro de Justicia, Alberto Ruíz Gallardón, respecto al 11-M.
Una democracia también tiene un problema cuando existe una parte destacable de su sociedad que ve con simpatía que Interconomía compare a Zapatero con Hitler o Stalin, a cuenta de la nueva ley del aborto. Todos estos mensajes, que quedan impunes, tienen otra lectura: que se siguen perpetrando a lo largo del tiempo porque no temen consecuencias. Y, en este sentido, estaban en lo cierto, porque la única consecuencia de las infamias y acusaciones delictivas que se hacían desde los medios de la derecha ha sido que una sociedad atenazada por la crisis, en muchos casos desesperada, y casi siempre atemorizada ante el futuro más inmediato, fuese asumiendo una especie de relación causal entre los parados y la depresión económica y la “degradación” de la vida política y social que habría venido provocando el socialismo desde su victoria en el 2004.
Todo esto ha propiciado que el panorama mediático de la izquierda sea el peor que se recuerda desde luego en democracia, pero posiblemente similar en el fondo al existente durante el franquismo. Ahora Fraga no está para secuestrar las publicaciones, pero sí está el BOE y la publicidad institucional. Yo no sé si el PSOE se habrá dado cuenta de este hecho, pero los ciudadanos normales y los que intentamos salir adelante dentro de este mundo del periodismo y la política, lo tenemos muy claro. Y mucho me temo que sin una sociedad agitada por la reflexión crítica y la promoción de los valores políticos de la socialdemocracia, será imposible cambiar este estado de ánimo de resignación donde el Darwinismo social se está abriendo paso a marchas forzadas en el subconsciente civil.
Por esto mismo es necesario apelar a la heroicidad de actitudes que en otras democracias, y en otras épocas, habrían sido parte del curso normal de una sociedad libre. No se le puede dar la espalda a la política porque muchos piensen que es la culpable de los tiempos amargos que vivimos. Aunque esto fuera así no existe solución posible fuera de la política, por lo menos no en democracia, y esto es precisamente lo que nos jugamos: optar por una involución de libertades donde luchemos por estar al lado del bando vencedor o luchar por seguir construyendo una sociedad donde los valores de la libertad, la solidaridad y el bienestar no aparezcan como enemigos sino como fórmulas preferentes para dejarles un mundo mejor a nuestros hijos que el que nos encontramos.