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11.06.2012

El 15-M empieza hoy

Antón Losada

Profesor titular de Ciencia Política en la Universidad de Santiago de Compostela

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El autor analiza lo que ha supuesto el 15-M, con sus errores y aciertos, concluyendo que este movimiento no ha hecho más que comenzar.

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La mejor prueba de lo poco y mal que han entendido muchos el fenómeno de los indignados y el #15M la ofrece el interés desmedido por declararlo muerto y enterrado lo antes posible y tras un juicio sumarísimo. Un empeño ridículo cuando el muerto le queda tanta vida por delante.

Al parecer, sostienen los enterradores, el #15M nació para acabar con la crisis, limpiar la corrupción política, poner la economía al servicio de la gente y devolver la dignidad a la vida pública.

Al parecer, concluyen los enterradores, el #15M ha fracasado porque la crisis no sólo sigue sino que muta y se agrava a diario, la corrupción política se agarra como una garrapata a nuestro sistema e instituciones, la economía continúa al servicio de los márgenes de beneficio y los bonos millonarios de sus ejecutivos y la política se ve cada día más como parte del problema y no como eje de solución. Como mucho, le conceden, han parado unos cuantos desahucios y ha metido en la agenda de los poderes públicos una especie de dación en pago light, que arregla poco y molesta aún menos a los buenos negocios.

La soberbia o entusiasmo naif y juvenil con que muchos de los portavoces, oficiales u oficiosos, del #15M se ha conducido en estos meses ha contribuido mucho a reforzar este cliché tan conveniente para el poder de turno. Si hablas cada día como si acabases de inventar la democracia, la soberanía, la representación política, la legitimidad, la política o la justicia, es lógico que acabes pagando la factura por un mundo donde todos esos bienes se ofrecen más bien en las deficientes condiciones de la subprovisión.

Si declaras muertos a los partidos políticos a anuncias el invento de nuevas formas de organización y participación política, pero finalmente inventas poco o nada, parece lógico que le público pida que le devuelvan la entrada. Si das por amortizadas las instituciones democráticas y anuncias el invento de otras nuevas y mejores, pero al final inventas poco o nada, parece normal que el respetable silbe y patalee.

Aún con la suma de los sentidos esfuerzos de tantos enterradores y los errores propios, la realidad se empeña en estropear ese titular de “El 15M ha muerto” que a tantos se les ve deseosos de colocar. Todos los estudios de opinión coinciden. Siete de cada diez españoles apoya el 15M, ve con simpatía el movimiento, apoya sus reivindicaciones y considera que aún está vigente.

Para una gran mayoría, el #15M sigue siendo el mejor vehículo para expresar su descontento y desconfianza antes un sistema que ya lleva demasiado tiempo infligiendo un sufrimiento innecesario, inútil e inmerecido a la mayoría silenciosa.

Los indignados nacen como respuesta a la incapacidad del sistema político para procesar y dar respuesta a la desafección, el desconcierto y el enfado de una parte muy importante de la ciudadanía que, tras encontrarse cerradas las puertas del mercado laboral y el progreso y mejora de su calidad de vida, se encontró también atrancadas a cal y canto las puertas de un sistema político donde nadie escucha a nadie, y mucho menos a ellos.

Hoy el  #15M sigue vivo porque esas puertas siguen bloqueadas y para una mayoría, la única salida que permanece abierta y aún funciona es aquella que se ensayó en las plazas en mayo del 2011. Por eso lo valora más que a unos partidos, sindicatos, líderes e instituciones que están dejando pasar ante sí la mayor y mejor oportunidad que han tenido nunca para revitalizarse y rejuvenecer sus significado y su misión.

La política se ha empeñado en que olvidemos al #15M. Ha preferido agotarlo por inanición a escucharlo. Pero la gente tiene memoria y sigue escuchando. La desafección hacia las instituciones nunca es un problema hasta que deja de serlo, pero para entonces suele ser tarde.

De todas las aportaciones del movimiento, ninguna tan poderosa como habernos devuelto la dimensión deliberativa de la democracia y haber empezado a derrumbar el estigma que pesaba sobre todo lo que se calificase como público. La política ya no es lo que era. Una mayoría absoluta no basta para convencer, a veces ni siquiera para gobernar. La edad de la impunidad ha terminado. Hábitos, conductas y costumbres tolerados en la vida pública hasta ayer, hoy no se sostienen. Pregúntele a un banco si se lanza a desahuciar como lo hacía antes, en los buenos tiempos.

En democracia los votos se cuentan. Pero ya no sólo eso. Las ideas y los argumentos se discuten y se debaten en busca de una legitimidad que fuerce la decisión y permita asumir sus costes. Lo público ha de ser eficiente, pero para que aporte valor social, no para asegurar los márgenes de beneficio. En realidad el #15M no ha hecho más que empezar. Solo un ciego puede dejar de verlo.